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¡¡¡¿¿¿Cómo están ustedes???!!!

Se nos ha ido Miliki, el último de los payasos de la tele. Nos deja la tele llena de payasos, el parlamento lleno de payasos, los despachos llenos de payasos… y el corazón cantando, sonriendo pero con una lagrimita colgando, como solo los payasos saben hacer. Por esa extraña paradoja que se repite una y otra vez cuando un artista se va, se reproducen hoy más que nunca las grabaciones de hace veinte o treinta años en las que aquellos tres de los que ya no queda ninguno cantaban acompañados de un público infantil que se lo pasaba pipa el auto de papá, hola don Pepito, la gallina turuleta, y tantas otras que llevamos grabadas en la memoria más de una generación.

A mí hoy la red no me deja ver ninguna canción entera, sin embargo, me ha permitido encontrar esta que yo no conocía o, al menos, no recordaba. Dejemos por hoy a un lado la perpetuación de estereotipos sexistas con la que nos bombardeaban nuestros queridos payasos y disfrutemos como críos, a ritmo de trompeta, Porrompompón, Maaaaaaanuelaaaaaaa.

PD para los que aún son peques: echadle un vistazo a este truco para sacar la tabla del nueve

That was sooo cool!!!!

Estos días hay Luna Nueva "¿Y eso que tiene especial?", dirán. Pues nada, cierto es, que la Luna suele pasar por su fase de Nueva con bastante puntualidad "¿Y entonces por qué lo mencionas?" Pues porque gracias a que no tenemos satélite a la vista, la noche es negra como el carbón y, en consecuencia, también el mar, bueno, el océano. "¿Y?" Pero qué impacientes están, oigan...

La oscuridad permite estos días disfrutar de un espectáculo impresionante en San Diego. Al fenómeno que está detrás lo llaman marea roja, y no tiene mucha gracia ya que viene a ser un problemón de superpoblación. Unos minúsculos dinoflagelados que se reproducen a lo loco y lo dejan todo hecho unos zorros. Lo genial del asunto es que el dinoflagelado que está tomando literalmente nuestras costas en estos días, el curioso Lingulodinium polyedrum, cuando sufre un meneo, ¡hace luz! En noches como hoy, se acerca una a la playa y de cuando en cuando las olas, en vez de blancas, se ven azul brillante, ¡neón! precioso...

Después de ver unas cuantas olas luminiscentes correr paralelas a la playa en La Jolla Shores, nos hemos dirijido a La Jolla Cove, lugar de obligada visita para el turista en estas tierras puesto que está habitualmente plagado de focas, leones marinos, pelícanos, cormoranes y gaviotas (que también se merecen una mención aunque las tengamos más vistas). Esta noche había varias focas cantarinas que en vano intentaban llamar la atención de los que paseaban por allí. Esta noche todos mirábamos al agua. Hemos ido allí pensando que al ser costa rocosa podríamos verlo mejor pero las olas con luces no se llegaban a apreciar bien en nuestro segundo destino. Con tanta espuma la bioluminiscencia quedaba pronto enterrada bajo la tromba de agua, aunque hemos podido ver algunas brillar con ganas y se veian aquí y allá flashes de luz de un azul intenso que asombraba. Como las olas no daban para más, nos hemos puesto a chapotear en cada pocillo de agua que había quedado atrapado al bajar la marea, y cada vez que salían luces se oían wows y look, look, look! (mira, mira, mira) que ni que hubiera salido de excursión la clase de tercero de EGB.

Nos hemos tomado un bocata mirando al mar agradeciendo la suave temperatura que nos ha acompañado hoy y charlando de todo un poco, como hacemos habitualmente, aunque esta vez no ha sido en español (fallo de la profe que entre olas con luces y áfricas está un poco despistada). Ya nos volvíamos cuando nos ha dado por volver a probar en los charcos. Qué disfrute ver cómo el agua se encendía al salpicar. Nos agachábamos al encontrar rincones de las rocas en los que las algas parecían haberse depositado y la luminiscencia se repetía al salpicar de nuevo porque, en general, parecía que a los bichillos se les acababan las pilas después de un par de salpicones. Pero, ¡ja! eso ha sido hasta que aquí a la menda le ha dado, no sé por qué razón, por meter el culo de la botella de plástico en el agua y empezar a girar ¡Aquello no se apagaba nunca! La botella ha dejado de ser divertida cuando he metido la mano y he empezado a agitar los dedos para ver como el agua alrededor de mi mano se volvía azul, ¡azul neón! Solo había que meter la mano bajo la superficie y aquellos bichejos no se cansaban de brillar formando una nebulosa que hacía que mis dedos se dibujaran al más puro estilo Tron.

No he capuzado, pero me he puesto los vaqueros hechos un asquito de apoyar las rodillas para meter el brazo hasta el codo y empujar olas brillantes. Me lo he pasado pipa, y me he acordado un montón de mi sobrino. Las ranas de Codos no tienen nada que hacer al lado de un agua que echa luces. Mañana mismo nos íbamos los dos enfundados en un neopreno a chapotear e iluminar el Pacífico para delirio de los que nos vieran desde la orilla y regocijo nuestro.




No hemos conseguido que saliera ni un atisbo de luz ni en foto ni en video, pero ayer unos convecinos con más conocimientos gráficos (y probablemente mejores medios) capturaron estas imágenes que dejan ver bastante bien de qué se trata el asunto.

Kooza

No creo ser capaz de hacer honor al espectáculo que tuve la suerte de contemplar hace unos días cuando entré en la carpa del Circo del Sol. A los diez segundos de empezar ya tenía todos los pelos de punta y pasé todo el tiempo (y fueron dos horas) aplaudiendo hasta no sentir las manos, con la boca entreabierta de la fascinación y, por qué no admitirlo, con los ojos queriendo hacer aguas en más de una ocasión (llamadme sensiblera, pero fue emocionante, trepidante y precioso).

Un payaso y una cometa que traen recuerdos de Peter Pan y por suerte acompañan a los payasos más payasos entretejiendo una historia que no sólo llena los huecos, sino que invita a disfrutar del entreacto y además comparte la misma calidad estética que el resto de actuaciones.

Un ejército de forzudos que construye castillos, hace piruetas y salta por los aires, vigila que todo vaya bien, asegura las escaleras y las redes, baila con los más extravagantes disfraces y entretiene al público entre actos. Además ¡sus cañones disparan confeti! Una no puede hacer sino preguntarse qué ocurriría en el mundo si todo lo que los cañones pudiesen tirar fuera confeti...

Una música que te eriza los sentimientos, más aún cuando el escenario se mueve, entra en la historia, se levantan las cortinas, se adelanta la plataforma, se despliegan las escaleras... Una batería que se convierte en uno de los actos del show, con tanta exigencia física como el que más, con la misma belleza plástica y con el añadido de la música que brota de cada uno de los golpes.

Unas contorsionistas que parecen no tener espina dorsal, componen las más extrañas figuras con sus maleables cuerpecillos y realizan movimientos imposibles a una velocidad de vértigo. Se anudan, se desanudan, se suben, se bajan, ahora por aquí, ahora por allá, ¡y cómo han hecho eso!

Unos equilibristas que no conocen la palabra miedo y no sólo caminan sino saltan, bailan y montan en bicicleta sobre la cuerda allá arriba, mientras todos nos quedamos aquí abajo con la boca abierta. A punto está de caer, pero no se conforma y repite el número, esta vez sin titubeos, y toda la carpa estalla en un aplauso.

Bailarines acrobáticos que narran una historia de amor sobre un monociclo; la elegancia del trapecio que vuela mucho antes de atarse la cuerda de seguridad; similar a la de la mujer de los aros, que nos mantiene a todos girando con ellos, con las manos tensas para que no se escape ninguno. Alguno se escapó, pero se vuelve a poner a bailar y listo.

La adrenalina de las ruedas del infierno, con giros inimaginables, caídas libres, saltos al vacío, carreras en un aire que gira y gira y gira... y el calladito equilibrista que se quiso poner a hacer el pino sobre ocho sillas puestas una sobre otra (se debió aburrir de sentarse en una que estuviera sobre el suelo)...

Un sueño, algo prodigioso. Gente confiando en gente. Gente dando soporte a gente. Gente trabajando junta para hacer algo HERMOSO.